Cada Cuaresma, la Iglesia nos invita a volver al Señor. Ayunamos, oramos y damos. Pero este año, cuarenta jóvenes católicos latinos también están haciendo algo sencillo y profundamente transformador: están compartiendo sus historias sobre cómo Dios está obrando en sus vidas.
En Iskali, la Cuaresma se ha convertido en un tiempo no solo de reflexión, sino también de compartir el testimonio. A través de una campaña llamada ‘40 Testimonios en 40 Días’, los jóvenes adultos están compartiendo cómo Dios está actuando en sus vidas hoy. Sus historias son reales, llenas de esperanza y profundamente arraigadas en la experiencia vivida de la fe.
Revelan una generación que no está abandonando la Iglesia, sino que busca espacios donde su fe, su cultura y sus luchas sean vistas y escuchadas. Al compartir sus historias, desean enriquecer a toda la Iglesia e inspirar a otros a reconocer cómo Dios sigue actuando en nuestras vidas, invitándonos a cada uno a renovarnos de manera especial durante este tiempo de Cuaresma.
‘Recibir su gracia’
Para muchos, decir sí a esta invitación no es fácil. Requiere vulnerabilidad. Invita a los jóvenes a volver a visitar sus heridas, luchas y momentos de duda. Pero también es un momento donde se le abre la puerta a la gracia.
Oscar Villanueva, bombero y paramédico, decidió participar para que otros puedan encontrarse con Cristo antes en su camino.
“Elegí compartir mi testimonio para que otros jóvenes puedan ver que no tienen que esperar a experimentar el dolor y el sufrimiento como me pasó a mí cuando encontré a Cristo por primera vez”, dijo. “Cualquiera puede acudir a Él en cualquier momento de su vida y recibir su gracia”.
En su trabajo respondiendo a emergencias, Villanueva es testigo del sufrimiento todos los días. Sin embargo, también ve a Dios presente en esos momentos.
“Siento la presencia del Señor como una mano sanadora en mi trabajo”, explicó. “Tengo la oportunidad de encontrarme con los enfermos y heridos cuando más necesitan ayuda. Veo cómo
Dios pone sus manos sobre los pacientes cada día. La vida no es más que un privilegio, concedido por el mismo Señor”.
Su mensaje para la Iglesia es simple, pero urgente: “Mantengan una mente abierta, un corazón abierto y ojos y oídos libres de juicio”.
Los jóvenes católicos anhelan ser escuchados
Este espíritu de encuentro y pertenencia está en el corazón de la campaña. Eileen Delgadillo, quien coordina el esfuerzo, cree que estos testimonios ayudan a la Iglesia a ver algo esencial.
“Espero que esta campaña ayude a la Iglesia a reconocer que Dios sigue obrando continuamente en la vida de los jóvenes adultos”, dijo. “Cada uno de nosotros tiene una historia que contar.
Dios siembra dones diferentes en cada persona y nos encuentra exactamente dónde estamos”.
También enfatizó que muchos jóvenes católicos hispanos desean ser escuchados.
“Es importante que la Iglesia escuche las voces de los jóvenes católicos hispanos porque muchas veces nos sentimos ignorados o invisibles. Queremos seguir representando nuestra cultura y nuestras experiencias dentro de nuestra fe y comunidad católica. Nuestras historias importan. Al escucharnos, la Iglesia afirma que pertenecemos”.
Dios siempre estará esperando
Para Crystal Martínez, el testimonio se convirtió en un camino de sanación. Escuchar a otros compartir su fe abrió su corazón y le dio valentía.
“Lo que me llevó a decir sí fue el cambio que viví al escuchar las historias de otros”, dijo. “Me di cuenta de que no importa en qué etapa de la vida estés, Dios siempre estará esperándote”.
Ahora espera que su historia haga lo mismo por otros.
“Cuando llegué a Iskali sentía que estaba demasiado dañada para ser redimida”, compartió. “Escuchar los testimonios de otros realmente me salvó de esas ideas. Mi única esperanza es que al compartir mi historia, otros sientan lo mismo”.
Victoria Díaz describe el testimonio como reconocimiento, la experiencia de ser visto. “Después de escuchar el primer testimonio, sentí que mi alma se sentía vista”, dijo. “Como cuando encuentras a alguien que habla tu idioma o tiene una historia similar. Quería que otros supieran que yo también los veo”.
Para Díaz, la fe ha transformado su manera de amar.
“Dios nunca dejó de amarme a pesar de mi fragilidad”, explicó. “Vivir esto me ha ayudado a empezar a ver a los demás con sus ojos”.
Su invitación esta Cuaresma es tierna y valiente: “Dejen que Jesús los ame. Déjenlo entrar, cuéntenle todo, dejen que sea su amigo”.
Construyendo una cultura del encuentro
Estas historias apuntan a algo más grande que una campaña en redes sociales. Revelan un momento pastoral profundo para la Iglesia en Estados Unidos. Los jóvenes católicos latinos están dando un paso al frente para compartir cómo Dios los invita a permitir que su gracia actúe no sólo a través de sus acciones, sino también en lo profundo de sus corazones y heridas.
A través de su testimonio y vulnerabilidad, están contribuyendo a la renovación de la Iglesia, recordándonos que el Espíritu Santo continúa invitándonos a compartir nuestros dones, y que nuestra historia es un hermoso regalo que todos llevamos y podemos compartir con los demás, trayendo esperanza, sanación y fe.
A través del testimonio, estos jóvenes se forman mutuamente. Están construyendo una cultura de encuentro. La Cuaresma nos recuerda que la conversión muchas veces comienza escuchando. La Iglesia debe escuchar no solo a la Escritura y a la tradición, sino también las voces de quienes viven hoy el Evangelio.
Como reflexiona Díaz: “Dios no ha dejado de buscar el corazón de su pueblo. Sigue llamando a la nueva generación a su misión: amarnos unos a otros. Y queremos seguirlo”.
Esta Cuaresma, sus historias invitan a toda la Iglesia a hacer lo mismo. Sigue estos testimonios y déjate inspirar durante toda la temporada en el Instagram de Iskali @iskali_ y en el canal de YouTube de Iskali.
— Vicente Del Real, OSV News
‘Se abrió un mundo completamente nuevo’
CHARLOTTE — Desde joven, el Diácono Eduardo Bernal tuvo un corazón misionero, aunque nunca imaginó los caminos que Dios tenía preparados para él en su búsqueda vocacional.
En 1990, cuando emigró de El Salvador a Glen Cove, Nueva York, siendo un joven adulto de solo 20 años de edad, Bernal sintió el llamado a servir a los más necesitados.
“Yo no soy de oficina; soy de la calle, de servir entre la gente”, dijo el Diácono Bernal.
Mientras que participaba en los grupos de jovenes en la parroquia St. Patrick’s de Glen Cove conocio y pudo convivir con sacerdotes vicentinos y seminaristas, y comenzó a sentirse atraído por el diaconado. Mientras participaba en los grupos de jóvenes de la parroquia St. Patrick’s de Glen Cove, conoció y convivió con sacerdotes vicentinos y seminaristas, lo que despertó en él una atracción por el diaconado.
“Sin saber por qué, desde joven el diaconado me llamó la atención”, recordó.
En el año 2000, el Diácono Bernal llegó a la Diócesis de Charlotte para trabajar en el Ministerio Hispano, gracias al sacerdote vicentino Vincent Finnerty, entonces director del ministerio bajo el obispo William Curlin.
Primero sirvió ocho meses en la vicaría de Winston-Salem y luego pasó 15 años coordinando comunidades en las montañas del oeste de Carolina del Norte incluyendo las vicarías de Smoky Mountains y Asheville. Allí vivió plenamente la experiencia misionera que deseaba, ayudando a comunidades sin parroquias cercanas y acompañando a inmigrantes en su transición.
“Cuando llegué, solo había una parroquia con Misa”, dijo el Diácono Bernal. “Había mucha necesidad y realmente viví una experiencia misionera completa”.
En 2004, ya con la edad requerida, inició su formación diaconal en el programa diocesano de formacion para el Diaconado permanente. Sin embargo, en 2010, cuando le faltaba un año para la ordenación, descubrió que Dios tenía otros planes: el matrimonio.
“Me di cuenta de que mis planes, aunque buenos, no eran los planes de Dios”, expresó.
Bernal decidió discernir su vocación matrimonial junto a Brenda, a quien había conocido años antes en Winston-Salem. Explica que su formación diaconal le ayudó a reconocer barreras personales que le impedían considerar esa posibilidad.
“Mi plan era ordenarme y luego irme como misionero a otra parte del mundo, pero no contemplaba el matrimonio”, dijo.
Tras casarse y formar una familia con el nacimiento de su hija, Mónica Bernal-Arroyo, asegura que su fe y confianza en Dios crecieron aún más.
“Yo vivía solo para trabajar y dormir. Cuando me casé, mi vida cambió”, comentó.
En 2015 retomó su preparación para el diaconado en Charlotte, esta vez con el apoyo total de su esposa, lo que fortaleció también su vida espiritual.
El 25 de septiembre de 2021, Eduardo Bernal fue ordenado diácono permanente, un momento que describe como un antes y un después en su vida.
“Al salir de la iglesia de San Marcos, recién ordenado, una pareja de Guadalupe se acercó para pedirme una bendición. Me quedé congelado por la emoción”, recordó. “En ese primer mes, el que era invisible se volvió visible”.
Cinco años después, el Diácono Bernal continúa su labor misionera como clérigo ordenado en la parroquia Nuestra Señora de Guadalupe, donde sigue viendo grandes necesidades en la comunidad.
Al reflexionar sobre este tiempo, asegura sentirse más cercano que nunca a los fieles y agradece la confianza de quienes se acercan a compartir aspectos personales de sus vidas. Ahora también espera motivar a otros hombres a discernir una posible vocación al diaconado permanente.
“Con el diaconado conocí una nueva cara de la Iglesia, aun después de muchos años de servicio”, dijo el Diácono Bernal. “Se me abrió un mundo nuevo”.
— Brian Segovia